Con Julio Velasco, el entrenador del seleccionado argentino de voley, resulta prudente resistir la tentación de compararlo con otros grandes entrenadores argentinos del deporte que fuere, y de la época que fuere, aún cuando sería posible hallar huellas, analogías y puntos en común con varios. En realidad, mucho más que jugar al detective de las identificaciones, latentes o no, más nos vale reponer la impronta de un personaje singular y providencial. Sí, cómo no, providencial, en la medida que volvió al país cuando urgía que la rica materia prima de nuestro voley encontrara cauce y causa hacia un postergado salto de calidad.
Otros habían sembrado -será justo y debido que a la hora del desandar del camino y de hacer las cuentas cada quien reciba lo merecido-, pero ya era hora de que quien es el considerado el mejor entrenador del siglo XX tomara las cosas donde las dejaron quienes tropezaron con su techo.
Ya era hora de que la figura de Velasco dejara de representar una especie de fantasma omnipresente y al tiempo portador de la fórmula mágica de las mejores respuestas a las peores preguntas.
Hacía más de 30 años que había llevado a Ferro Carril Oeste a la conquista de cuatro títulos y que había armado las valijas para radicarse en Europa. Allí, en los 30 años siguientes lo único que hizo, lo único, fue acumular conocimientos, desafíos, éxitos y prestigio. Por ejemplo: sacó a la selección italiana de una etapa que oscilaba en la mediocridad y el descreimiento en el propio potencial y la llevó a cumbres sin precedentes: dos veces campeón del mundo, tres veces campeón de Europa, cinco veces ganadora de la Liga Mundial y medalla plateada de los Juegos Olímpicos de 1996.
La tecla adecuada
¿Dónde residía el misterio de Velasco, dónde sus maravillas? A grandes rasgos, suele explicar el coach del flamante campeón panamericano de voley que no hay misterios ni maravillas: lo suyo pasa por definir un método, persistir en eso y establecer los criterios para entonces sí, tocar en cada jugador la tecla adecuada.
¡Cómo si fuera tan fácil! Velasco encuentra tréboles de cuatro hojas en zonas donde ni tréboles suele haber. Lo que hay es una gigantesca selva donde cientos y cientos de entrenadores del deporte que se nos ocurra se creen dueños de un recetario sagrado que no saben explicar o no saben aplicar.
Carismático como pocos, Velasco observa, sin embargo, que el carisma tiene patas cortas, mientras que una especialización rigurosa y bien direccionada tiene patas largas. Y aunque las intuiciones vigorosas son parte de su travesía existencial (y en la existencial se incluye, es claro, la profesional), cree que los buenos equipos son buenos menos por intuición e inspiración que por afinar la técnica, la táctica, la estrategia y la facultad de afrontar las dificultades no como una imposibilidad sino como una invitación a superarlas.
Vaya, como un lujoso botón de muestra, el desenlace de la final con Brasil: sus muchachos ganan el primer set, pero pierden el segundo, pierden el tercero, van perdiendo el cuarto por un margen apreciable y de repente la cercanía del abismo se convierte en la llave de la puerta del cielo. Para que no eludamos reponer nuestra propia mirada acerca de Velasco, ¿qué lo hace tan extraordinario?
Amén de su formación, amén de su bagaje variopinto (ex militante político, profesor de educación física, estudiante de filosofía, investigador de las dinámicas grupales, lector voraz, etcétera), lo que lo vuelve extraordinario es el complejo arte de amalgamar lo diverso, e incluso lo opuesto.
Para amalgamar los iguales no se requiere de un gran arte, pero amalgamar los diversos e incluso los opuestos es cosa de ciencia, calle y hechicería de la buena. Todo eso abunda en este platense de 63 años, hincha de Estudiantes, admirado por el mismísimo Pep Guardiola, agradecido de lo que su país le dio a través de la educación pública y convencido hasta los tuétanos de que dulces como son, las victorias deben ser analizadas tal si fueran derrotas porque no habrá gloria allí donde haya pereza, desidia y un ego desbocado.